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12/12/2007

LO SIMBÓLICO, LO IMAGINARIO Y LO REAL, Lacan

Jacques Lacan y Wladimir Granoff
Traducción de Leonel Sánchez Trapani


En los estudios psicoanalíticos el fetichismo ha sufrido singular destino.
A comienzos de siglo, en la primera edición de los Tres Ensayos de Sexualidad, Freud le asignó a esta práctica una posición particular en el estudio de la neurosis y de la perversión (1). Esta posición especial fue re‐enfatizada en la segunda edición, donde Freud fue más lejos al apuntar que la distinción —el contraste— que parecía existir entre el fetichismo y la neurosis desaparecía cuando el propio fetichismo era sometido a un atento estudio. De hecho, el fetichismo se clasifica como una perversión y una perversión es a su vez —de acuerdo a la bien sabida fórmula— el negativo de una neurosis. Sin embargo, el fetichismo es una forma de perversión donde ningún contraste con la neurosis puede hallarse.

Freud mismo recomienda el estudio del fetichismo a todos quienes deseen comprender el miedo a la castración y el complejo de Edipo. Tanto para los discípulos como para los detractores del psicoanálisis, la importancia atribuida al
complejo de Edipo ha sido siempre la piedra fundamental de la actitud global que uno tenga hacia el análisis.
Tenemos, luego, que no se han escatimado esfuerzos para hacer notar la importancia del fetichismo.

¿Con qué resultado? El período que va desde 1910 hasta los últimos años no ha sido muy abundante en estudios sobre el tema; sólo puede contarse una media docena de contribuciones importantes.
Freud volvió dos veces al tema en un intervalo de 11 años y en cada ocasión de una manera muy especial (2). Leyendo sus artículos uno intuye que el mismo Freud se preguntaba si la gente realmente captaría de qué estaba hablando.(3)
Es útil recordar, a este respecto, que uno de los últimos fragmentos no finalizados por Freud trata del fetichismo. Ya que durante su vida fue siempre él quien invariablemente marcó los nuevos rumbos del análisis no es traído de los
pelos ver en este artículo una premonición de la dirección que el pensamiento psicoanalítico inevitablemente iría a tomar en el período de post‐guerra.


A saber—el estudio del yo. Porque en los estudios psicoanalíticos de los últimos diez años —si bien hay diferencias de acuerdo a tradiciones varias, gustos, predilecciones, estilos y escuelas psicoanalíticas en cada país— el estudio del yo es
ciertamente la preocupación primaria.(4)
Durante el mismo período, han reaparecido trabajos sobre el fetichismo.
Porque, como Freud recomendaba, el estudio del fetichismo es y sigue siendo de lo más instructivo para cualquiera que se centre en la dinámica edípica de modo de poder entender más plenamente qué es el yo.
Con el objeto de aclarar nuestras ideas a la vez que indicar la orientación principal de nuestro artículo, debemos, en primer lugar, recordar que el psicoanálisis, el cual nos permite una visión más profunda de la psique de los niños que cualquier otra ciencia, fue descubierto por Freud mediante la observación de adultos —más precisamente escuchándolos, o mejor dicho,
escuchando su discurso.

En efecto, el psicoanálisis es una “cura del habla”.
Traer a memoria tales verdades generalmente aceptadas puede parecer una imposición al principio; mas tras una reflexión, no lo es. Sólo se trata de un recordatorio del punto de referencia metodológico esencial. Puesto que, al menos que vayamos a negar la mismísima esencia del psicoanálisis, debemos hacer uso del lenguaje como nuestra guía a través de las así llamadas estructuras preverbales5.
Freud nos ha enseñado y mostrado que los síntomas hablan en palabras, que al igual que los sueños, están construidos de oraciones y frases.
En este artículo de 1927, Freud nos introdujo al estudio del fetiche indicándonos que el mismo debe ser descifrado, y descifrado como un síntoma o un mensaje6. Incluso nos dice en qué lengua debe ser descifrado. Esta forma de presentar el problema no deja de ser significativa. Desde el comienzo, este enfoque sitúa al problema dentro del dominio de la búsqueda de sentido en el lenguaje antes que las vagas analogías del campo visual. (Como, por ejemplo, las formas huecas que recuerdan a la vagina, las pieles al vello púbico, etc.) Desde “Glanz auf der Nase”* al pene femenino, pasando a través de “Glance on the nose”** el fragmento se hace estrictamente incomprensible al menos que se haya seguido sin apartarse la senda indicada por Freud. En el ingreso a este sendero se erige una inscripción en la que se lee “¿Cuál es el sentido?”
No se trata de un problema de afectos reprimidos; el afecto en sí mismo nada nos indica. El problema concierne la denegación de una idea. Con esta denegación nos encontramos en el dominio del significado, única área donde la
palabra clave “desplazamiento” tiene relevancia. Una provincia fundamental de la realidad humana, el reino de lo imaginario7.8
Es aquí donde el pequeño Harry adopta su postura, desde el momento en que entra su famoso visitante, cuando les corta las manos a los niños —de modo que no se rasquen— la nariz, o cuando le da este apéndice a las orugas, para que lo
devoren.9
Es de este modo que Freud clasifica este comportamiento cuando, al tratar las “transformaciones durante la pubertad” en los Tres Ensayos dice que la elección de objeto tiene lugar bajo la forma de criaturas de la imaginación. Está hablando de un metabolismo de las imágenes cuando explica el regreso a características patológicas bajo la influencia de un amor mal habido, por el retorno de la libido a la imagen de la persona amada en la infancia.
Es este el significado profundo de la observación respecto de la contribución psíquica a las perversiones.”Sin importar cuan horroroso sea el resultado, siempre puede encontrarse un elemento de actividad psicológica, el cual corresponde a la
idealización de la tendencia sexual”.
Entonces, ¿dónde está el quiebre en esta línea? ¿Qué ocurre en el momento en que —dejando de imaginar, hablar, dibujar— Harry, sin saber porqué, corta un mechón de cabello? El momento en que, sin explicación, sale corriendo a los gritos
con el propósito de no ver a su amigo lisiado.
A primera vista, diríamos que él ya no sabe lo que está haciendo. Ahora nos encontramos en una dimensión donde el sentido parece perdido, la dimensión donde va a hallarse, por lo visto, la perversión fetichista, el gusto por las narices
lustrosas. Y si no hubiera elaboración en torno a la nariz o el mechón de cabello amputado, esto sería imposible de analizar como una verdadera fijación perversa.
En efecto, si una pantufla fuera, en sentido estricto, el desplazamiento del órgano femenino y no hubiera otros elementos presentes como para elaborar los datos fundamentales, nos consideraríamos enfrentados a una perversión primitiva
absolutamente por fuera de los límites del análisis.10

Se desprende que lo imaginario no representa en ningún sentido el conjunto de lo que puede ser analizado. La observación clínica de Harry puede ayudarnos a resolver la cuestión que nos hemos planteado. Puesto que esta es la única instancia
en que el comportamiento de Harry muestra lo que en psiquiatría clínica llamaríamos reticencia, oposición, mutismo. Ya no intenta expresarse en palabras; él grita. En consecuencia, ha abandonado dos veces el intento de hacerse entender
por otros.
Y es aquí donde se produce el quiebre.
¿Cuál es el registro en el que, por un momento, este niño rehúsa emplazarse? Diríamos, junto a E. Jones, el registro del símbolo, registro esencial a la realidad humana.11


Si Harry ya no se hace entender por otros, de igual manera se les ha convertido en incomprensible. Esta puede parecer una observación extraordinariamente banal pero sólo lo es si olvidamos que, cuando decimos “eres mi mujer” también estamos diciendo “soy tu marido” y en consecuencia no somos ya los mismos que éramos antes de pronunciar estas palabras. El discurso es materia sutil, sí; pero, en este caso, es una ofrenda. En esta entrega, encuentra el
análisis su razón de ser y su efectividad12.
Y si consideramos las primeras palabras de la humanidad, notamos que la contraseña, por caso, tiene la función —como signo de reconocimiento— de salvar al orador de la muerte.13
La palabra es un don de la lengua y esta no es inmaterial. Es materia sutil, pero no obstante es materia. Puede fecundar a la mujer histérica, puede significar el flujo de orina o el excremento retenido14. Las palabras también pueden sufrir
heridas simbólicas. Recordamos la “Wespe” con la W castrada, cuando el hombre de los lobos llevó a cabo el castigo simbólico que le fue infligido por Grouscha.15
El lenguaje es, entonces, la actividad simbólica por excelencia: todas las teorías del lenguaje que se basan en una confusión entre la palabra y su referente pasan por alto esta dimensión esencial. ¿No le recuerda acaso Humpty Dumpty a
Alicia que él es el amo de la palabra, si no de su referente?
Lo imaginario sólo es descifrable si es traducido en símbolos. En este momento el comportamiento de Harry no lo es; antes bien es él mismo quien está atraído por la imagen. Harry no imagina el símbolo; le da realidad a la imagen.

Esta captura imaginaria (captura de la imagen y por la imagen) es un constituyente esencial de cualquier “realidad” imaginaria, al punto que consideramos la captura por la imagen como instintiva. Consecuentemente, los mismos colores capturan a la hembra y al macho de los espinosos, impulsándolos a la danza nupcial.
Es cuando, en el análisis, el paciente se sitúa en una posición narcisista que reconocemos haber golpeado la resistencia. Y lo que la experiencia en el análisis demuestra (y halla) es precisamente que en vez de dar realidad al símbolo, el
paciente intenta constituir hic et nunc, en la experiencia del tratamiento, ese punto de referencia imaginario al que llamamos “meter al analista en su juego”16.

Estopuede verse en el caso del intento, por parte del hombre de las ratas, de crear hic et nunc con Freud, esta relación imaginaria sádico‐anal; Freud observa claramente que esto es algo que se traiciona a sí mismo, revelándose en el rostro del paciente por lo que él refiere como “el horror de un goce desconocido“17.
Tales son las esferas en las que nos movemos en el análisis. ¿Pero estamos en la misma esfera cuando, en la vida cotidiana, encontramos a nuestro prójimo y hacemos juicios psicológicos respecto de él? ¿Estamos en la misma esfera cuando decimos que tal y tal tienen una personalidad fuerte? Ciertamente no. Freud no habla en el registro del análisis cuando se refiere a las “personalidades” del hombre de las ratas. No es en este nivel donde encontramos el tipo de posibilidad de valoración y medición directa que nos permita establecer determinada relación
con determinada persona.
Debemos admitir que este juicio directo de la persona es de poca importancia en la experiencia analítica. No es la relación real la que constituye el campo propio del análisis. Y si, en el curso del análisis, el paciente trae la fantasía de fellatio a su analista, no intentaremos, a pesar del carácter incorporativo de esta fantasía, hacerla encajar en el ciclo arcaico de su biografía —por ejemplo, atribuyéndola a una carencia de nutrimento en la infancia. Probablemente esta idea no se nos ocurriría. Diríamos, en cambio, que el paciente es presa de la fantasía.
Puede representar una fijación en un estadio oral primitivo de su sexualidad. Pero esto no nos induciría a decir que el paciente es un “felator” constitucional. El elemento imaginario sólo tiene valor simbólico, el cual deber ser evaluado y
comprendido a la luz del momento particular del análisis en el que acaece. Esta fantasía se crea para expresarse a sí misma, para ser dicha, para simbolizar algo que puede tener un significado completamente diferente en el momento del
diálogo.

Ya no nos sorprende que un hombre eyacule a la vista de un zapato18, de un corsé, de un impermeable19; aunque de hecho estaríamos muy sorprendidos si cualquiera de estos objetos pudiera saciar el hambre de un individuo, sin importar
cuan extremo éste fuera. Es justamente porque la economía de las satisfacciones implicada en los trastornos neuróticos está menos ligada a ritmos orgánicos fijos — si bien pueden dirigir alguno de ellos— que los trastornos neuróticos son
reversibles.
Es sencillo ver que este orden de satisfacción imaginaria pueda encontrarse solamente en el reino de la sexualidad. El término “libido” se refiere a un concepto que expresa la noción de reversibilidad e implica aquella otra de equivalencia. Es el término dinámico el que hace posible concebir una transformación en el metabolismo de las imágenes.
Luego, al hablar de satisfacción imaginaria, estamos pensando en algo de alta complejidad. En los Tres Ensayos, Freud explica que el instinto no una es información sencilla sino que, antes bien, se halla compuesto de diversos elementos, los cuales están disociados en los casos de perversión20.

Esta concepción del instinto está confirmada por las recientes investigaciones de los biólogos que estudian los ciclos instintuales, en particular el ciclo sexual y el reproductivo.
Dejando a un lado los estudios, más o menos inciertos e improbables, concernientes a los relevos neurológicos del ciclo sexual —por cierto, el punto más débil de estos estudios, se ha demostrado que, en los animales, estos ciclos son
pasibles de desplazamiento. Los biólogos no han podido hallar otra palabra que desplazamiento para designar el móvil sexual de los síntomas.
El ciclo de comportamiento sexual en el animal puede ser iniciado por varios disparadores. Y un cierto número de desplazamientos puede ocurrir en el interior del ciclo21. Los estudios de Lorenz demuestran la función de la imagen en
los ciclos de alimentación. En el hombre, también es principalmente en el plano sexual donde lo imaginario juega un papel y donde acontecen desplazamientos.
Diríamos, entonces, que el comportamiento puede llamarse imaginario, cuando su dirección a una imagen, y su propio valor como imagen para otra persona, lo hacen desplazable por fuera del ciclo en el cual se satisface una
necesidad biológica.
Los animales son capaces, en esos segmentos desplazados, de trazar el bosquejo del comportamiento simbólico como por ejemplo en la "wagging dance", la lengua de las abejas. El comportamiento es simbólico cuando uno de esos
segmentos desplazados toma un valor social. Le sirve al grupo como punto de referencia del comportamiento colectivo.


Esto es lo que queremos decir cuando afirmamos que el lenguaje es el comportamiento simbólico por excelencia.
Si Harry permanece callado, es porque no se halla en estado de simbolizar.
Entre las relaciones simbólicas e imaginarias existe la distancia que separa la culpa de la angustia22.
Y es aquí donde el fetichismo nace históricamente, en la línea demarcatoria entre la angustia y la culpa, entre la relación dual y la de tres lados. Freud no deja de notar esto cuando recomienda el estudio del fetichismo a cualquiera que pueda
dudar del miedo a la castración; en las notas que siguen a los Tres Ensayos, dice que las perversiones son el residuo del desarrollo hacia el complejo de Edipo. Porque es aquí donde los varios elementos que componen el instinto pueden disociarse.23
La angustia, como sabemos, está siempre conectada con una pérdida —esto es, una transformación del yo— con una relación dual a punto de desvanecerse para ser reemplazada por otra cosa, algo que el paciente no puede enfrentar sin
vértigo. Esto es el dominio y la naturaleza de la angustia.
Ni bien se introduce una tercera persona en la relación narcisista, emerge la posibilidad de una mediación real, a través del intermediario, del personaje trascendente, es decir, de alguien a través de quién el deseo de uno y su cumplimiento pueden ser realizados. En este momento, aparece otro registro, el de la ley —en otras palabras, el de la culpa.
La historia clínica completa del caso de Harry vira en torno a este punto ¿Lo impelerá el miedo de castración a la angustia? ¿O será enfrentado y simbolizado como tal en la dialéctica edípica? ¿O más bien el movimiento se congelará en un
monumento permanente que, al decir de Freud, el miedo levantará para sí mismo?24


Para enfatizar este punto: si la fuerza de la regresión (del afecto) fuera a encontrarse en el interés por el sucesor del falo femenino, es la denegación de su ausencia la que habrá construido el monumento. El fetiche se convertirá en el vehículo tanto de la aseveración como de la negación de la castración.
Es esta oscilación la que constituye la naturaleza misma del momento crítico. Comprender la diferencia de los sexos es ponerle fin a este juego, es aceptar a relación de tres lados. Aquí entonces está la vacilación de Harry entre la angustia
y la culpa. Su vacilación en la elección de objeto y, de la misma manera, posteriormente, en su identificación25.
Acaricia los zapatos de su madre y los de Sandor Lorand. Es su oscilación entre el trato infligido de acariciar o cortar. Es la búsqueda de una solución de compromiso entre sus deseos y su culpa, lo que dota a la madre de un pene. Puesto que él lo ha explorado y sabe que ella no posee uno26. Hasta el extremo donde la evidencia se fuerza sobre él que en sus dibujos los penes se vuelven más largos y fuertes.

La negación de la vagina es necesaria, de acuerdo a Sandor Lorand, para la conservación del triángulo feliz. Feliz, sí pero —como Lorand probablemente acordaría— no verdadero. El triángulo verdadero significa conflicto. Y es aquí donde Harry tambalea.
Cada situación analizable —o sea interpretable simbólicamente— se inserta siempre en una relación de tres lados27. En consecuencia, Freud tenía algo de razón al darle este lugar especial al fetichismo en su especulación. Lo hemos visto en la
estructura del discurso, la cual es mediación entre individuos en la realización libidinal.
Lo que se muestra en el análisis es afirmado en las doctrinas y demostrado en la experiencia —a la inteligencia— que nada puede ser interpretado excepto a través de la intermediación de la realización edípica (28). Esta es la razón de que
parezca vano explicar el horror de los genitales femeninos a través de ciertas memorias visuales que datan del doloroso pasaje por el canal de parto.
Porque es la realidad en su aspecto accidental la que detiene la mirada del niño justo antes de que sea demasiado tarde. No habría ninguna razón para que el niño crea la amenaza de su niñera si no hubiera visto la vulva de su amiguita29.
Tampoco hay razón alguna para que acepte la ausencia del pene materno, especialmente cuando ya ha evaluado narcisísticamente el suyo y ha visto el pene de su padre, aún mayor, si no está advertido del peligro de perderlo.
Esto significa que todas las relaciones duales siempre están estampadas con el estilo de lo imaginario. Para que una relación asuma su valor simbólico, debe existir la mediación de una tercera persona la cual provea el elemento trascendente
a través del cual la relación de uno con un objeto pueda sostenerse a cierta
distancia30.
Si le hemos dado tanta importancia al caso del pequeño Harry, es porque sentimos que este caso de fetichismo es extremadamente ilustrativo. Articula, de una manera particularmente impactante, esos tres dominios de la realidad humana
a los que hemos llamado lo simbólico, lo imaginario y lo real.
Por nuestra parte, encontramos aquí más justificación del lugar especial que—como hicimos notar al comienzo— Freud concede al estudio del fetichismo (31).

1 Abraham, Karl, “Observaciones sobre el psicoanálisis de un caso de fetichismo de pie y de corsé”(1910) en Obras escogidas, Londres, 1927.
2 Freud, Sigmund, “Fetichismo” (1927) en International Journal of Psychoanalysis, Vol. IX, 1928.
3 Freud, Sigmund, “Escisión del yo en el proceso de defensa” (1938) en International Journal of Psychoanalysis, Vol. XXII, 1941

4 Dugmore , Hunter , “Cambios de la relación de objeto en el análisis de un fetichista” en nternational Journal of Psychoanalysis, Vol. XXXV, 1954. Payne, Sylvia, l'Algunas observaciones sobre el desarrollo del yo del fetichista” en Intenational Journal of Psychoanalysis, Vol. XX, 1939.
5 Lorand, Sandor, “El fetichismo en statu nascendi”, International Journal of Psychoanalysis, Vol. XI, 1930.
6 Freud, Sigmund, “Fetichismo” (1927) en International Journal of Psychoanalysis, Vol. IX, 1928.* (alemán) el brillo de la nariz (N. del T.)
** (inglés) la mirada en la nariz; Glanz y glance se pronuncian exactamente igual.(N. del T.)
7 Lacan, Jacques, “Función y campo de la palabra y del lenguaje en el psicoanálisis” (Informe de
conferencias, Instituto de Psicología de la Universidad de Roma, 1953)
8 Freud, Sigmund, “Fetichismo” (1927) en International Journal of Psychoanalysis, Vol. IX, 1928.
9 Lorand, Sandor, “El fetichismo en statu nascendi” en International Journal of Psychoanalysis, Vol. XI,
1930.
10 Lacan, Jacques, “Lo simbólico, lo imaginario y lo real” (Informe de conferencias, 1953).
11 Freud, Sigmund, “Tres contribuciones a la teoría de la sexualidad” (1905), Nueva York, 1910.
12 Lacan, Jacques, “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis” (Informe de
conferencias, Instituto de Psicología de la Universidad de Roma, 1953).
13 Strauss, Claude, “Las estructuras elementales de parentesco”, París, 1947.
14 Dugmore, Hunter, “Cambios de la relación de objeto en el análisis de un fetichista” en Internatonal
Journal of Psychoanalysis, Vol. XXXV, 1954.
15 Freud, Sigmund, “El hombre de los lobos” en Cinco Psicoanálisis
16 Lacan, Jacques, “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis” (Informe de
conferencias, Instituto de Psicología de la Universidad de Roma, 1953).
17 “El hombre de las ratas” en Cinco Psicoanálisis.
18 Abraham, Karl, “Observaciones sobre el psicoanálisis de un caso de fetichismo de pie y de corsé”
(1910) en Obras Escogidas, Londres, 1927.
19 Dugmore, Hunter, “Cambios de la relación de objeto en el análisis de un fetichista” en
Internacional Journal of Psychoanalysis, Vol. XXXV, 1954.
20 Freud, Sigmund, “Tres contribuciones a la teoría de la sexualidad” (1905), Nueva York, 1910.
21 Por ejemplo, en la lucha entre aves, uno de los combatientes puede repentinamente ponerse a
arreglar su plumaje; luego un aspecto de comportamiento de gala interrumpe el ciclo de combate.
22 Freud, Sigmund, “Escisión del yo en el proceso de defensa” (1938) en International Journal of
Psychoanalysis, Vol. XXII, 1941.
23 Freud, Sigmund, “Tres contribuciones a la teoría de la sexualidad” (1905), Nueva York, 1910.
24 Freud, Sigmund, «Fetichismo» (1927) en International Journal of Psychoanalysis, Vol. IX, 1928.
25 Lorand, Sandor, “El fetichismo en statu nascendi” en International Journal of Psychoanalysis, Vol. XI,
1930.
26 Freud, Sigmund, “Una teoría infantil sobre el origen del sexo femenino” (1923). Obras escogidas.
Londres, 1927.
27 Abraham, Karl, “Dos contribuciones a la investigación del símbolo — Tres vías en la leyenda de
Edipo” , Imago, Vol. IX, 1925.
28 Abraham, Karl, “Dos contribuciones a la investigación del símbolo — Tres vías en la leyenda de
Edipo” , Imago, Vol. IX, 1925.
29 Freud, Sigmund, “La escisión del yo en el proceso de defensa” (1938) International Journal of
Psychoanalysis, Vol. XXII, 1941.
30 Abraham, Karl, “Dos contribuciones a la investigación del símbolo — Tres vías en la leyenda de
Edipo” , Imago, Vol. IX, 1925 Lacan, Jacques, “Lo simbólico, lo imaginario y lo real” (Informe de
conferencias, 1953).
31 Deseamos expresar nuestro grato reconocimiento al Sr. Stanley Cleveland y a su señora por
ayudarnos amablemente a editar nuestro texto en inglés. (Lacan y Granoff)

O real, o simbólico e o imaginário : definir os três juntos na fala é impossível - real. É preciso tomá-los um por um e desenvolver a parte deles. Já é um primeiro acesso na questão do tempo - lógico.

texto disponible en: http://www.acheronta.org/acheron15.htm

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