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24 de jun. de 2008

LEOPOLDO MARIA Panero: «Yo soy un poema de mi padre»


por Ángeles LÓPEZ

Habla un verdadero poeta maldito desde el Psiquiátrico de Las Palmas de Gran Canarias después de la edición de «Esquizofrénica o la Balada de la lámpara azul» y un disco-libro donde Bunbury, entre otros, versionan sus poemas y en las puertas de la aparición de su próximo inédito: «Poemas de la locura»

Leopoldo María Panero ha hecho lo que sólo unos pocos elegidos logran: mantener un órdago constante entre vida y literatura... y vivir para contarlo. Alguien dijo que era uno de los cincuenta mejores poetas vivos, pero lo cierto es que, convenientemente antologada, su obra resulta imprescindible en nuestra segunda mitad de siglo XX.

Esta temporada, los «panerianos» están de enhorabuena: Hiperión acaba de publicar «Esquizofrénica o la Balada de la lámpara azul», Bunbury –con Ponce, Galindo y Ann– ha grabado un libro-disco musicando sus poemas y Huerga y Fierro reedita su mítico poemario «Teoría» al tiempo que prepara el lanzamiento de un nuevo inédito: «Poemas de la locura».
Son las nueve de la mañana en la Ciudad de los niños perdidos. Por una puerta lateral del Psiquiátrico de Las Palmas, en donde reside desde hace años, aparece, puntual a la cita, Leopoldo María. Camina con pasos cortos y andar encorvado. De su hombro derecho cuelga una enorme bolsa atestada de libros, sus cotidianos compañeros de viaje «hacia la isla» –como él denomina a la céntrica calle de Triana, donde pasa sus días gracias al régimen abierto del que disfruta–. A lo largo de la jornada, beberá las decenas de coca-colas que, cuantos le conocen, me habían vaticinado, encadenará un cigarro con otro sin dejar jamás los labios desocupados y contestará pacientemente a mis preguntas –bien con palabras, a veces con silencios–... Pero siempre será difícil discernir realidad de invención; lo soñado de lo anhelado, el pensamiento propio de la cita ajena. Hijo, sobrino y hermano de poetas, ángel caído, juglar paranoico que fondeó los abismos de Nevermore y volvió para hacer de su demencia –¿fingida, cierta, o ambas cosas?– una hemorragia de versos donde situar su yo poético. Rumbo a la «isla» –como sigue repitiendo en el taxi– comienza, motu propio, a responder a mis preguntas...



-Espero que no empieces la entrevista como todas: que si poeta maldito, que si puñetas...
-¿Le parece más acertado que le tilde de poeta terminal?
-Bueno... tampoco; pero mejor... Transgresor, heredero de las vanguardias europeas, que no sé por qué no funcionaron en España. Soy el primer y último vanguardista español, sucesor de Rimbaud, Lautréamont, Blake, Bataille, Artaud, Baudelaire.
-¿Qué ha buscado, qué continúa buscando en el fondo del vaso de la poesía?
-Con mis versos no busco más que reencontrarme a mí mismo (y pon de paso, que la psiquiatría es un crimen de lesa humanidad).
-Antonio Huerga (editor de Huerga y Fierro) me pidió que le trajera estos libros (le entrego diez ejemplares que corresponden a la reedición de su poemario «Teoría»).
-¡Qué alegría! Se los voy a vender a los locos del manicomio. Y otros, solamente unos pocos, los regalaré. Uno será para la camarera del Burguer, que me deja leer todas las mañanas sin molestarme. Además es muy guapa. Oye, ¿me vas a pagar por esta entrevista?
-¿Qué está preparando ahora?
-Muchas cosas. En un psiquiátrico no puedes hacer más que leer y escribir. Aquí te das cuenta de que Kafka es un escritor realista. Estoy preparando para Anagrama un libro sobre la correspondencia que mantuvieron Artaud y Jacques Rivière.
-Pero, ¿ya lo tiene apalabrado con Jorge Herralde?
-No lo sé. Lo está moviendo mi agente. Pero sé que le gustará a Herralde y me lo publicará (por cierto, si conoces una agente literaria que quiera llevarme, dame su teléfono...). También está a punto de salir –para el año que viene, creo– un libro de poemas escritos a cuatro manos, junto con un amigo mío, Félix Caballero. Aunque es inédito es un grandísimo poeta. El libro se llama «Cadáver exquisito». Se lo he enviado a Valdemar (porque Ayuso desapareció, ¿no?). Y me haré un autoprólogo. Confío en que me manden galeradas. ¿Por qué ningún editor me manda las galeradas?... ¡Deben creer que soy una máquina de tricotar!
-¿Está satisfecho con la edición de «Esquizofrénica o la Balada de la lámpara Azul», que ha salido recientemente en Hiperión?
-Para empezar, no me gusta que me lean, porque no creo que la poesía sea comunicación. La comunicación, como decía Bataille, es el éxtasis y la risa, y la poesía es una enunciación perversa de la realidad...
-Si no quiere que le lean, ¿por qué sigue escribiendo?
-Te juro que si volviera a nacer no sería poeta. Bueno, tampoco elegiría a mis padres ni a mis hermanos, ni mi propia vida, siquiera. ¿Sabes lo que me gustaría ser?: chulo de putas (se ríe a carcajadas). No me estoy quedando contigo. Es que Faulkner decía que el segundo mejor oficio para un escritor era ser chulo... Porque así habría tiempo y tranquilidad para escribir.
-¿No me va a contestar qué le parece, leído objetivamente, «Esquizofrénica...»?
-Ahora que lo he leído editado, no me gusta del todo, ¿a que no sabes por qué?: ¡por el último poema! El último poema tiene la culpa. Releído, como un todo continuo, llegas a ese último poema y se rompe el ritmo; la esencia de todo el libro. Así es que, desde este instante, puedes decir que reniego de él.
-¿Está más satisfecho del poemario que saldrá en Huerga y Fierro, para primavera, «Poemas de la locura»?
-No lo llames poemario, llámalo libro. Y sí, lo estoy. Mucho más. Además, me llevarán para la feria, en junio. Me apetece ir a Madrid. Ahora, si lo piensas bien, no lo he escrito yo... ¡ha sido del hombre elefante!
-Bunbury y Carlos Ann, junto a José María Ponce y Carlos Galindo, acaban de publicar un libro-disco, en la editorial El Europeo, con sus poemas musicados e ilustraciones y fotografías, ¿le gusta el resultado?
-Oye, ese tal Ponce, era un director de cine porno, ¿no? Qué risa, ¡podía haberme ofrecido una peli!... La verdad es que me ha gustado. Está muy bien. Aunque yo sólo conozco a Bunbury. Vino a verme hace poco al manicomio, fuimos a comer, estuvimos mucho rato juntos. Es bonito lo que han hecho. Me gusta. Iré dentro de poco con él a Barcelona, a una presentación. Oye, ¡y Bunbury es guapísimo! Muy, muy guapo.
-¿Qué otras cosas está preparando?
-Irme de España, exiliarme a París. Si no lo consigo, me suicidaré. Aunque, bien pensado, estoy cometiendo un lento suicidio desde hace mucho tiempo... «Si me muero, dejad el balcón abierto», que diría Lorca.
-¿Qué tal se lleva con el resto de los internos del psiquiátrico?
-No me llevo; me defiendo de ellos, delirando y soñando. También escribiendo. Pero sabes, uno, el muy cabrón, tuvo envidia de mi gloria y me rompió la máquina de escribir con la que terminé el libro de Hiperión y el de Huerga. Ahora escribo en casa de mi amigo Félix.
(Hace una pausa entre su décima coca cola y su vigésimo pitillo. «Quiero dar un paseo». Accedo. Por el camino intento proseguir la entrevista pero él cae en un profundo autismo. «Vamos a parar un rato. Háblame tú, cuéntame cosas del mundillo editorial. Aquí no me entero de nada».)
-¿Qué quiere saber?
-¡Pues quién ha publicado, qué se cuece en Madrid...!
-Pues, por ejemplo, acaban de publicar: García Márquez, Marías, Trapiello... Atxaga lo hizo tras el verano. También se ha fallado el Premio Planeta que lo ha ganado Lucía Etxebarría...
-Me gusta como escribe Marías, es muy culto. Me gustaría que me enviara sus libros firmados; me haría mucha ilusión porque en el manicomio esas cosas se valoran mucho. También Trapiello, ha hecho algo sobre el Quijote, ¿no? Y Atxaga es un tipo estupendo, ¿sabes que iba a verme al manicomio de Mondragón? Era el único que iba. Los demás, ni se dignaron a llamarme, o a escribirme.... ¡nadie!
-Tampoco le llama o escribe Gimferrer, ¿no tienen ningún contacto?
-No. No sé nada de él desde hace siglos. Estará enfadado conmigo. Pero yo no sé qué he podido hacerle... Oye, ¿y el chileno ese que escribía tan bien?, murió ¿no?... Creo que estuvo detenido en el estadio de Santiago...
-¿Se refiere a Bolaño? Tengo entendido que volvió a Chile los primeros días del golpe y estuvo detenido. Unos policías, amigos de la infancia, le ayudaron a escapar. Y sí, murió. Ahora ha publicado un novelón póstumo, «2666».
-¡Me gustaría leerlo! ¿Tú puedes decirle a Herralde que me lo mande? Dale mi dirección. ¿Y Ferrero?, ¿murió?
-No. Ha publicado recientemente un poemario, «La noches rojas», y una novela sobre las Trece Rosas.
-Por favor, que me lo manden también, tú te encargas, ¿vale? Me gusta Ferrero. Te voy a enseñar ahora lo que estoy leyendo.
(Por fin veo el contenido de su bolsa roja. La despliega sobre la mesa y, uno a uno, me va mostrando, como si fueran cromos, su tesoro literario: «Poesía completa» de Claudio Rodríguez, «Poemas esenciales del simbolismo», «Diferencia y repetición» de Gilles Deleuze, «Fragmentos póstumos» de Nietzsche, «Lógica. La pregunta por la verdad», Heidegger... Los guarda canturreando «Perlas ensangrentadas», de Alaska y Dinarama)
-Oye, ¿Berlanga murió?
-Carlos Berlanga, sí.
-No, me refiero a Jorge. Jorge es muy amigo mío. Aunque hace mucho que no sé nada de él, es un amigo. Dile que me llame. También soy muy amigo de su padre. Su película «Todos a la cárcel» es una obra maestra.
-Me ha enseñado el libro de Claudio Rodríguez, ¿a qué otros poetas españoles lee?
-Yo no leo a mis contemporáneos, debería contestarte. Pero la verdad es que de los vivos me interesa Félix de Azúa, Antonio Colinas, sobre todo su libro «Sepulcro en Tarquinia». De Gimferrer lo que me gusta es «La muerte en Beverly Hills» y su poesía en catalán, lo demás es un poco cursi. También leo a Gamoneda, a Juan Gelman... Lo que no me gusta es leer a los jóvenes. Bueno, a Blanca Andreu sí la he leído. No me llevo bien con ella, pero me gusta. Pero lo que más me interesa en español es el barroco: Góngora, Quevedo no tanto. Juan de Jáuregui, los Argensola, el conde de Villamediana... Un poco Cernuda, unas gotas de Lorca, me gustan sobre todo los «Sonetos del amor oscuro», y nada «Poeta en Nueva York». Pero lo que de verdad me conmueve es la poesía norteamericana moderna (Allan Tate, Marianne Moore...), pero no la poesía beat (Ferlingetti y todos esos). No me gusta la poesía conversacional. Hay dos líneas en la poesía norteamericana: la que viene de Whitman, coloquial y prosaica, y la que viene de Poe, esteticista y perfecta. Ésta es la que me interesa a mí. Y de la que me siento heredero.
-Y ahora, hacia dónde cree que va la poesía?
-Después de Pound en poesía, como de Joyce en novela, se ha terminado la literatura y sólo queda un libro por interpretar: el Apocalipsis. Todo lenguaje es un sistema de citas. Toda escritura es palimpsesto.
-Sigue pensando que la poesía demuestra que la locura existe?
-Yo seré un monstruo, pero te juro que no estoy loco.
-He leído que de pequeño fue un niño autista...
-Sí, como Einstein, ¿no? Pensaba que el mundo había sido hecho para hacerme daño. A los cuatro años, como no sabía escribir, le dictaba los poemas a mi madre (porque lo cierto es que escribo desde que puedo recordar): «Y mi corazón temblaba / pero era un sueño / y fueron muriendo muchos soldados de la guardia del Rey / pero mi corazón seguía temblando». Eran poemas perfectos, como de Wallace Stevens. A Dámaso Alonso le gustaron mucho. Mis padres estaban aterrorizados. Pero hablar, no hablaba. ¿Y sabes por qué? Porque me avergüenza la desnudez, siempre me ha avergonzado... ¡Y hablar es desnudarse! Por eso no me comunicaba. Por eso, y porque intuía que si hablaba, mi padre notaría que era maricón.
-Sé que no le gusta, pero... ¿qué recuerdos guarda de su padre?
(Se levanta para ir al baño por novena vez. Vuelve con poco ánimo de responder a esta pregunta. Debo repetírsela tres veces antes de lograr que responda)
-Mi padre era Dios, era la fe (adopta un tono de beatitud). De pequeño, me arrodillaba para rezarle. Yo soy un poema de mi padre... (de modo brusco, da un golpe en la mesa) ¡Que en mala gloria esté!... Si tu supieras los palizones que me daba. No quiero hablar más de él, no quiero hablar de él.
-Y de sus hermanos, ¿podemos hablar de ellos?
(Vuelve a marcharse al baño. Cada vez que quiere eludir una pregunta, lo hace. O eructa. O pide otra coca-cola, por ver si elude aquello que no quiere responder... Cuando regresa, insisto.)
-Dicen que Michi murió sin atreverse a publicar en serio. Sólo hacía tímidos intentos, coqueteaba con el mundo editorial, escribía cuentos que guardaban sus amigos... ¿No cree que estaba abrumado por su genialidad?
-Sí. Leí sus cuentos en una revista. No me parecen ni buenos ni malos. (Hace una interminable pausa) Michi, que descanse en paz. Pero era un hijo de perra. Antes de morirse, vendió todo lo que había en la biblioteca de la familia. Auténticas joyas, como los libros de poesía provenzal.
-¿Y Juan Luis?
-Mi hermano Juan Luis es una mala persona, pero un buen poeta. Casi tan bueno como yo. Otro que no viene a verme... ¡Si me sigues hablando de mi familia me levanto y me voy!
-¿A qué tiene miedo, Leopoldo?
-A la soledad, muchísimo. Me aterra.
-Pero nunca está solo...
-Te equivocas. Lo estoy siempre; lo he estado desde que nací.
-¿Cuál fue la época en la que se sintió más acompañado, la etapa más feliz de su vida?
-La época más feliz de mi vida fue la de los novísimos, que ya sabes que eso fue un invento de Gimferrer. Los años en los que conocí a Gimferrer y a Ignacio Prat. Lo malo vino con un intento de suicidio. Estaba en una pensión de Barcelona y entró la señora de la casa, me vio con las pastillas al lado y me dijo: «¿Pero va usted a hacer lo mismo que Marilyn Monroe?». Me fui a la calle y en la puerta me encontraron en coma. Luego llegó todo el periplo de los manicomios, que me destruyeron más que el alcohol barato que bebía. Oye, ahora que lo pienso, ¿por qué no aceptaron a Terenci Moix en los novísimos? No me lo explico, porque en el fondo, aunque novelista, era un poeta.
-Y ahora, ¿qué le motiva, en qué cree?
-En la poesía técnicamente bien escrita. En la del propio Mallarmé, por ejemplo. Lo sigo leyendo a diario. Tengo varias ediciones de su obra.
Continuamos sentados. Yo hablando; callando, bebiendo y fumando, él. A medida que anochece, Leopoldo María Panero cae en un profundo autismo, tal vez a causa de la medicación o puede que se deba a un súbito hastío del que es imposible arrancarle. Llegado el momento de las despedidas, tras estamparme dos fríos besos, me sujeta fuerte del brazo para decirme –que es advertirme–:
-Quiero que termines con una cita de Yeats, que resume todo lo que hemos hablado: «¿Y qué? Dijo el fantasma de Platón... Muchos me preguntan que es la fama»

CONCIERTOS DE PANERO EN MARZO

Aunque todavía no hay ninguna fecha ni ciudad confirmada de la gira, si podemos adelantar que los cinco responsables del proyecto Panero, Bunbury, Carlos Ann, José María Ponce, Bruno Galindo y el mismísimo Leopoldo María Panero estarán encima de los escenarios sobre la segunda semana de Marzo presentando el trabajo dedicado al poeta maldito.

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1 RESENTIMIENTOS:

Anónimo dijo...

que tremendo panero

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